Siempre, casi todo lo que diga, si no TODO lo que diga, va a sonar cruel, o duro, o mala onda, o pérfido, o mal educado, o desubicado, o atrasado. Simplemente porque por eso me caracterizo. Por cruel, dura, mala onda, pérfida, mal educada, desubicada y atrasada. Estas cosas a casi todo el mundo le molestan. Pero todos son sordos-mudos a la hora de escuchar estas cosas de ellos mismos, reconocerlo entre sí. Se le considera cruel a alguien que regaña a otro por leer con puntos y comas (literal) en plena disertación de 3º medio. O por discriminar la remarcación de la “S” al hablar. También, por decirle en su cara a una persona, que es verborréica y que de todo lo que dice, ni una palabra tiene sentido. Y cómo no, por tratar pésimo al profesor que se cree mi segundo padre. Ya estoy un poco acostumbrada a este tipo de adjetivos. El clímax se alcanza a menudo, cuando sale el tema de los hijos y yo opino que en el fondo -aunque ni tan en el fondo- me gustaría ser esteril, por ejemplo. Cuando digo eso, pienso en la esposa de Abraham, y bueno, no sería imposible que me embarace a los 80 años. También me odian cuando todos hablan mal de alguien ausente, y que cuando este ausente aparece, yo siga hablando mal de él en su cara, siendo que es lo más honesto que puedes hacer por alguien a quien estabas pelando hace un rato. Todos se acostumbraron a la cultura carroñera del querido emblema nacional Cóndor. Ya se acostumbraron a descuerar, a convivir con parásitos sobre los alimentos, a sonar como todos los demás, a vestir/hablar/escuchar/reír/opinar/fermentar/vivir igual que TODOS los demás. Cuando aprendes a ser miserable, jamás dejas de serlo, por un asunto de supervivencia. Tal vez, si llegas a tener cargos importantes, ser miserable le dará de comer a tu pareja, a tus hijos, a tus nietos, a tus bisnietos, y al acilo de tus padres si es que siguen vivos.